Un día, casi sin darnos cuenta, nuestros hijos se habrán ido de casa para hacer su vida y otro los padres dejaremos este mundo y ellos quedarán huérfanos. Cuando eso suceda, ¿qué legado les dejaremos? ¿Qué quedará para la posteridad?
F. Javier Gago - El Comercio, 19 de marzo 2011.
En buena parte, nuestros hijos serán nuestro legado, pero, ¿qué personas llegarán a ser? ¿En qué mundo y en qué sociedad les tocará vivir? Desde un punto de vista social, los padres tenemos un deber para servir y beneficiar a nuestra sociedad lo mejor que podamos, y eso también incluye cómo preparemos a la siguiente generación.
Pero, la educación de los hijos depende de tres ámbitos de actuación y de influencia, no sólo dentro de la esfera familiar -con ser ésta la más importante- sino también del ámbito escolar y el de la sociedad en su conjunto. Cada día que pasa parece más evidente que nos alejamos más de aquellos tiempos en que los padres intentaban educar a sus hijos con valores y referentes morales, preparados para cumplir con sus obligaciones familiares, escolares y sociales, y también conscientes de sus derechos.
Asistimos, por el contrario, desde hace ya unos cuantos años, a un cambio de tendencia en la orientación y en la preocupación de los padres por los hijos, a la época del todo vale, sin normas básicas de comportamiento y dejando que crezcan haciendo prácticamente lo que les dé la gana, con unas ideas muy vagas y confusas de lo que está bien y lo que está mal y con un único criterio más o menos claro de que el éxito en la vida pasa por la prosperidad material. El cambio social en la educación de los hijos ha sido vertiginoso y estamos llegando a una situación en la que algunos expertos afirman que ya no se interviene en la formación, sino que, simplemente, se le les está dejando crecer libremente sin control alguno.
Ciertamente, nuestros hijos nacen con una destacada herencia genética, pero desde muy pronto sus vidas van siendo moldeadas por una variedad de factores, entre los cuales está el de la cultura a la que pertenecen. La influencia cultural es muy poderosa y afecta de manera decisiva al crecimiento del niño. El papel de los padres debería centrarse en actuar como supervisores de todas estas aportaciones que sus hijos van recibiendo de la sociedad en la que viven para saber determinar qué influencias pueden ser beneficiosas y cuáles no.
El caso es que los padres también son producto de influencias sociales y si no se muestran seguros a la hora de discernir cuáles son buenas o cuáles pueden ser nocivas, o si dejan a sus hijos a la intemperie de un mar de ideas e influjos sin guía alguna, los resultados en su educación pueden ser catastróficos. Evidentemente, la intervención de los padres en la educación de los hijos es un proceso en el tiempo cuyos resultados no siempre son inmediatos. Primero hay que sembrar para luego recoger la cosecha: sembrar semillas de libertad, de inquietud por saber y conocer la realidad del mundo que nos rodea, ansia de conocimiento, valores y referentes morales, respeto y comprensión por lo diferente, así como normas básicas de comportamiento cívico.
No se trata de moldear conciencias, ni personalidades, sino de dotarlos de los recursos necesarios para su pleno desarrollo afectivo e intelectual para que cuando lleguen a ser adultos -ese momento en el que uno es capaz de hacer lo que debe y no lo que le apetece- puedan disponer de la capacidad de decidir libremente su viaje por la vida.
No es fácil educar a los hijos, requiere un esfuerzo importante y grandes dosis de amor y de paciencia. Los hijos nacen sin saber lo que es bueno o malo, por eso los padres deben establecer unas normas y unos límites que les indiquen lo que deben hacer en cada momento. También deberíamos educarlos en la responsabilidad desde muy pequeños con ciertas tareas del hogar y con hábitos de estudio, y sobre todo predicar con el ejemplo, pues si los padres no cumplimos con lo que prometemos, perderemos la autoridad moral.
Obviamente, los padres somos la referencia más cercana y más importante en la educación de nuestros hijos, pero los profesores también son educadores -no meros instructores, como algunos se empeñan en mantener- lo mismo que el entorno cultural en el que nos movemos, los referentes sociales, los modelos, los ejemplos de la televisión, los amigos, etcétera. El niño se educa con todo lo que le rodea y por ello los padres debemos intervenir en su formación y no ser meros espectadores.
En este sentido, el núcleo familiar es fundamental, pues es el que proporciona la temperatura educativa, tanto emotiva, psicológica, como espiritual. Y no me refiero solamente a la llamada familia tradicional o nuclear y a la extensa, ampliada con los parientes más cercanos: abuelos, tíos, primos, etcétera, sino también a la monoparental y a la de las parejas del mismo sexo. Todas ellas deben incidir en ese clima educativo en el que el amor sea el fundamento principal. La educación que demos a nuestros hijos será, sin duda alguna, el mejor legado que podamos dejarles.
Por otra parte, puede que sea el momento de replantearse en qué situación estamos con relación a la educación de nuestros hijos, hacer un alto en el camino para analizar los cambios que se han producido en los últimos tiempos provocados por el anticulturalismo, determinadas tendencias pseudohumanistas y por el relativismo moral que nos rodea que intentan socavar muchas de las antiguas ideas y tradiciones que la humanidad ha heredado, que han funcionado hasta ahora y que pueden resultar muy válidas también en el presente.
Todo este caldo de cultivo ha afectado al núcleo del sistema educativo y ha tenido una influencia muy importante en la reducción del papel de la autoridad a la que estas teorías consideran un obstáculo para el avance de los valores humanos. Todo ello influye en el estado de confusión en el que muchos padres se encuentran y consecuentemente en la permisividad, la ausencia de criterios y la dejadez más absoluta en la educación de los hijos. No es volver a un autoritarismo trasnochado, ni a actitudes represivas, sino ser conscientes de que los padres tenemos un papel esencial en la educación de los hijos, reflexionar sobre lo que estamos haciendo mal y buscar soluciones ante la preocupante situación actual.
No sabemos cómo será el mundo del futuro, pero sí que nuestros descendientes heredarán la Tierra y que con su actitud ellos podrán enfrentarse a la tarea de intentar hacer de ella un lugar mejor y más habitable.