ABC M.MARTÍN FERRAND 15-07-09
Hace unos pocos días, Sir Edward Downes y su esposa, Joan, se trasladaron desde Londres a Zúrich, donde les esperaba un automóvil, supongo que negro, que les condujo hasta Furch, una zona residencial de las afueras en la que tiene su sede la clínica Dignitas, especializada en la práctica de la eutanasia. Una confortable instalación que presume de que el cien por cien de sus clientes salen directamente de sus habitaciones al cementerio que ellos mismos indican en sus disposiciones mortuorias.

Downes ya había cumplido los 85 años y alcanzado respeto mundial como director de orquesta. Fue, durante muchos años, director de la mítica formación de la BBC y, especializado en la dirección operística como la víctima de la Muerte en La Fenice, había dirigido para la Royal Opera House más de mil representaciones de cincuenta óperas diferentes.
Downes había perdido la vista y padecía una creciente sordera. Su esposa, también octogenaria, bailarina, coreógrafa y productora de programas en las televisiones del Reino Unido, sufría dolores artríticos. Fueron atraídos por la publicidad de la clínica Dignitas y decidieron, previo pago de su importe, recibir ayuda para su voluntario mutis de la escena de la vida. Una luctuosa y pretendida coda con la que rematar definitivamente sus bailes y conciertos.
Ayer se conoció la noticia. Hoy, sospecho, los dos hijos del matrimonio recibirán las condolencias de rigor. En la clínica Dignitas -¡que baratas son las palabras!- han informado que, por deseo de sus clientes, no habrá ningún acto funeral. Todo con la máxima naturalidad, con la increíble sencillez de que es capaz nuestro tiempo para organizar -¿celebrar?- las mayores monstruosidades. Alguien, por lo que estamos viendo, debe de haber montado ya una clínica semejante para instituciones y grandes grupos nacionales, no sólo para personas.