Las maternidad es un valor en sí mismo que una sociedad civilizada debe proteger. En el ámbito de la maternidad la falta de una política de apoyo y de protección, que implique por encima de todo el reconocimiento de su valor social, puede producir, explícita o implícitamente, preferencias con respecto a la posibilidad de tener un hijo.
Mª Teresa López López LA GACETA13-03-2011
Esta semana se han llevado a cabo actos, mesas redondas y debates para reflexionar sobre la necesidad de avanzar en la igualdad de trato. Pero en casi todos ellos las causas de estas desigualdades se buscan exclusivamente en el hecho de ser mujer. Nada más lejos de la realidad. La maternidad, en este momento más que nunca, es la principal variable explicativa.
Nadie niega que hombres y mujeres somos idénticos en derechos y obligaciones, pero no lo somos en nuestras realidades biológicas.
Buscar o fomentar actuaciones idénticas y obligarnos a tener los mismos comportamientos es un objetivo poco acertado, además de imposible de alcanzar. Las acciones a favor de la igualdad deben respetar las desigualdades que vienen dadas por la naturaleza y las que son consecuencia de decisiones tomadas libremente, entre las que se encuentra la maternidad. Esto exige integrar las políticas de apoyo y protección a la maternidad dentro de las medidas para lograr la igualdad.
Para evitar debates ideológicos vamos a conocer la realidad a través de los datos. En España hay más de siete millones de madres y más de 71 millones en la Unión Europea y se encuentran sometidas a una doble desigualdad: por ser mujeres y por ser madres. El año pasado trajeron a nuestro país a más de medio millón de nuevos ciudadanos y a casi 5,5 millones de europeos. Pero, además, en España viven 11,5 millones de mujeres en edad fértil. Muchas de ellas desearían tener hijos pero sus circunstancias –laborales, familiares o personales– les obligan a renunciar.
Los datos recogidos en el trabajo de la Fundación Acción Familiar Mujer e igualdad de trato. Análisis de la maternidad en la Unión Europea muestran que las mujeres europeas están siendo empujadas a renunciar a la maternidad. La expresión clásica, utilizada en el inicio del movimiento feminista, del doble sí: muchas mujeres dicen sí a la maternidad y sí al trabajo, ya no es una realidad porque la opción y el ejercicio de la maternidad resultan cada vez más difíciles.
La maternidad no debe ser un obstáculo para que la mujer desarrolle un trabajo remunerado, pero tampoco el desempeño de un trabajo remunerado debe ser un obstáculo para el ejercicio de la maternidad. Los hijos exigen tiempo y su gestión tiene altos costes de oportunidad, que en la mayor parte de los casos son asumidos exclusivamente por las madres. Las mujeres que son madres realizan, en la mayor parte de los casos, un doble trabajo. Uno por el que no reciben salario y por tanto no se considera como tal; y otro por el que sí lo reciben, aunque casi siempre de menor cuantía que el de los hombres. ¿No estamos ante dos formas claras de discriminación hacia las madres?
Otros indicadores del mercado de trabajo ratifican estas desigualdades. En 2008, más de la mitad de las mujeres que trabajaban en la UE no tenía hijos (51,76%). Este porcentaje era algo inferior en España, donde no llegaba a la mitad (48,89%). Pero a medida que aumenta el número de hijos su presencia en el mercado laboral disminuye. Así, por ejemplo, la tasa de empleo de los hombres en la UE es 20 puntos superior a la de las mujeres; pero esa diferencia aumenta hasta 24 si los dos tienen hijos y se eleva por encima de 30 puntos cuando mujeres y hombres tienen tres o más hijos.
Es inevitable concluir que la maternidad aumenta las desigualdades. Si a esto añadimos que parte del trabajo que desempeñan las madres es invisible, porque no reciben ningún salario por él, ¿no son estos unos indicadores claros de discriminación hacia las madres?
Aunque la decisión de tener un hijo pertenece al ámbito privado, tiene consecuencias públicas. Pensemos qué ocurriría si las mujeres decidieran no tener más hijos o si los siete millones de madres dejaran de cuidarlos, ¿podría el Estado cubrir este vacío? Rotundamente no, sería económicamente insostenible y socialmente inaceptable. Habrá pues que ayudar a las madres en el desempeño de sus funciones, reconocer su papel –imprescindible para la sociedad– y ayudarlas, pero no porque necesitemos mano de obra, sino porque la maternidad es un valor en sí mismo que una sociedad que se llama civilizada debe proteger. Estamos ante un hecho personal y social trascendental que además conlleva importantes ventajas personales y sociales.
Pero no olvidemos que no hay ningún tipo de intervención pública neutra. Tanto la puesta en marcha de acciones como su ausencia tienen efectos. En el ámbito de la maternidad la falta de una política de apoyo y de protección, que implique por encima de todo el reconocimiento de su valor social, puede producir, explícita o implícitamente, preferencias con respecto a la posibilidad de tener un hijo. No habrá verdadero avance en la igualdad de trato mientras no se tenga en cuenta la maternidad.
*Mª Teresa López López es vicepresidenta de la Fundación Acción Familiar.