Las madres abnegadas y los padres autoritarios de los que, mayoritariamente, se benefició mi generación les han dado paso a madres trabajadoras y a padres consentidores y alérgicos a los problemas de familia. Quebró la educación.
M. MARTÍN FERRAND
ABC Jueves, 10-09-09
NO conviene, como solemos, confundir la educación con la enseñanza. En la vieja Roma, desde la que hemos hecho poco más que degenerar, decían de un mocito que estaba bene educatus si su familia había sido capaz de inculcarle buenos hábitos de conducta y modales adecuados. Si, además, su nivel de instrucción era el fruto de una enseñanza exigente, se la consideraba eruditus. Nuestro drama, aquí y ahora, es que ni lo uno ni lo otro. Ni los hogares son manantiales educativos ni el sistema está atento a la calidad de una enseñanza que se ha masificado, algo socialmente deseable, pagando por ello el innecesario precio de su degradación, algo académicamente terrorífico.
La práctica generalizada del botellón, con síntomas tan alarmantes como los vividos en Lequeito o en Pozuelo, y de la que no se libran ni las plazas de las grandes ciudades ni las eras de los pueblos pequeños, es el termómetro que nos marca la temperatura educativa. Las madres abnegadas y los padres autoritarios de los que, mayoritariamente, se benefició mi generación les han dado paso a madres trabajadoras y a padres consentidores y alérgicos a los problemas de familia. Quebró la educación.
Lo de la enseñanza -el sistema, los métodos y la exigencia de la instrucción infantil y juvenil- no va mejor que la educación. Ayer conocimos los indicadores especializados de la OCDE que marcan las diferencias entre los 30 países que integramos la Organización. En todas las tablas del análisis España aparece por debajo de la media de la OCDE y de la UE. En alguna de ellas, como la que marca el porcentaje de alumnos que supera el bachillerato o la formación profesional de grado medio, solo aparecen tras nosotros México, Turquía y Portugal.
El asunto dominante en la información política y económica de hoy es la sesión de ayer en el Congreso, en la que José Luis Rodríguez Zapatero sacó el trabuco fiscal y en la que Mariano Rajoy -mejor y más centrado- trató de razonar líneas alternativas para enfrentarse a las crisis que nos angustian. Nada de ello tendrá sentido mientras no se aborde con prioridad, talento y firme decisión el doble problema de la educación y la enseñanza. No se puede construir un futuro próspero sobre el cimiento irresponsable de zafios botellones y con una juventud ignorante e indisciplinada sometida al noveno de los planes gestados en los últimos treinta años por el Ministerio especializado.