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SALVEMOS AL HOMBRE, AL PADRE Y A LO MASCULINO PDF Imprimir E-mail
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Escrito por Administrator   
Lunes, 21 de Noviembre de 2011 20:12

Entiendo la igualdad de género desde una intención integradora del hombre con respecto a sus responsabilidades eludiendo, por tanto, cualquier tipo de violencia.
Patxi Izagirre - El Diario Vasco, 17 de noviembre 2011.

La violencia física de género ha causado tanto dolor y horror que resulta imprescindible realizar una lectura psicológica al respecto, sin sustituir las consecuencias penales de dichos crímenes. ¿Qué mecanismo dispara la violencia descontrolada y el comportamiento psicópata? En ocasiones podemos encontrar la pasión posesiva, el afecto patológico en relaciones de doble vínculo y la venganza asesina basada en trastornos anteriores y no reparados en relaciones vinculares tempranas. A menudo, el perfil que encontramos es el de una persona carente de mecanismos que controlen la impulsividad y que reacciona desproporcionadamente ante el cuestionamiento de la figura de apego. Les invade una patológica sensación de humillación que no saben comunicar ni tolerar, derivando así en la venganza imaginaria que les restituya en su supuesta humillación a través del asesinato.

Como podemos observar, se trata del extremo violento de una personalidad dañada y dañadora. ¿Y en nuestra cotidianidad sin llegar a los extremos, cómo manejamos tales cuestiones?

Entiendo la necesidad de potenciar la asertividad en los hombres en detrimento de la violencia. Es decir, defender la dignidad enérgicamente no significa atacar para que se enteren de la injusticia cometida. A veces se cometen errores, y es más fácil repararlos cuando ambas partes muestran propósito de enmienda, porque si no a uno se le queda cara de tonto.

En demasiadas familias encontramos hijos huérfanos de padre psicológico, es decir, padres ausentes que desprotegen a sus hijos en edades clave para la configuración de sus personalidades. Padres que muestren la seguridad necesaria para un niño que debe explorar lo desconocido y aprender a tolerar la frustración del ahora no. Padres que sepan reconocer a sus hijos por lo que son y no por lo que deberían ser. Padres que sepan ser hombres a los ojos del hijo que le reprocha ser un pelele ante su madre. Hombres que sepan manejar el conflicto con la adultez que guíe adecuadamente la asertividad de su hijo, que no se acobarde ante la agresión y sepa reaccionar ante la humillación con firmeza defensiva. Hombres que tengan su propio reconocimiento y confianza identitaria, que no se avergüencen de lo que son ante la comparación social y que sean capaces de enseñar la autoestima a quienes les critican. En definitiva, hombres que sepan traducir lo masculino de forma creativa al utilizar la fuerza para proteger y el honor para enseñar a no acomplejarse por la virtud de ser uno mismo. ¿Dónde nos enseñan a ser hombres?

A decir verdad, lo tenemos un poco difícil en una cultura en la que parece que hay que elegir entre lobo o perrito faldero. La familia es la primera escuela de masculinidad. Es aquí donde empiezan los enredos en forma de deudas morales y culpas traicioneras. Son los inicios del doble mensaje por los cuáles aprendemos a estar más pendientes de leer entre líneas, que fiarnos de lo que se nos dice con naturalidad. Los hijos no nacen para dar el sentido vital a sus padres y el derecho de vivir no hay que ganárselo haciendo méritos, nos pertenece. En la escuela de la familia la presencia activa del padre en la educación emocional es un salvoconducto preventivo para las futuras relaciones doblevinculares y de dependencia enfermiza.

El otro día escuche decir al genetista Svante Päävo que los humanos hemos conservado el gen neandertal integrándolo a nuestra especie y que, por tanto, es como siguiesen viviendo un poquito en nosotros. Curiosamente nos cuentan que el hombre neandertal cazaba para mantener a su familia, salía del hogar para pasar temporadas fuera hasta encontrar sustento para su familia. Y quizás lo masculinamente virtuoso de este abuelo nuestro, es que siempre guardaba la mejor parte para los suyos sin sentirse humillado por ello.

Tenemos trabajo por delante para fijarnos en el tipo de hombre que debemos salvar e imitar. Hagámoslo por el bien de nuestros hijos.

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