La enseñanza languidece
EDITORIAL LA RAZON 10/09/08
La OCDE sitúa a España a la cola de éxito académico también en educación postobligatoria
El comienzo del nuevo curso académico se presenta con las mismas carencias que arrastra el sistema desde hace años. Como si se tratara de la situación económica, que no para de ofrecer malas noticias casi a diario, los barómetros de la enseñanza en nuestro país describen un deterioro paulatino e ininterrumpido en todas y cada una de las distintas plantas del edificio educativo. Hace unos días, se hizo público el último informe del fracaso escolar en España, que de nuevo reflejó un panorama desalentador y profundamente preocupante en la enseñanza obligatoria. Más del 30 por ciento de los alumnos tiene un rendimiento negativo en los colegios, lo que supone alrededor de 135.000 jóvenes en esa tesitura. En la enseñanza media un 32% de los alumnos repite curso, un 35% no termina con éxito 2º de ESO, el 48% no supera el bachiller y en la universidad el abandono de los estudios ronda el 50%. Las políticas públicas de las distintas administraciones no han logrado cambios sustanciales en los puntos negros del sistema en los últimos ocho años, sino que más bien los han agravado, pues el fracaso ha aumentado un 16 por ciento en este periodo. Ésta es la radiografía de un país cuya media en fracaso es muy superior a la europea, sólo mejor que Portugal, y muy lejos del 7% que existe en Suecia, por ejemplo.
El panorama no es mejor tampoco en la educación postobligatoria El informe anual «Panorama de la educación. Indicadores de la OCDE», que se hizo público ayer, revela que un 28 por ciento de los jóvenes estudiantes de 18 años en España no tiene el título de Bachillerato o similar. También en este capítulo España está a la cola del éxito académico, once puntos por debajo de la media de los países de la OCDE y sólo por delante de México y Chile. Nuestro promedio se encuentra a catorce puntos del de la Unión Europea. Por si fuera poco, el interesante análisis de la OCDE demuestra que el tiempo de permanencia de un alumno en el sistema educativo es menor en nuestro país que en los del resto de Estados de la organización o de la UE. El gasto público en educación es otro dato que deja en evidencia a España. Si en 1995 se dedicada un 4,6 por ciento del PIB a la enseñanza, en 2005 se gastó aún menos: sólo un 4,2, muy lejos de los países de nuestro entorno. El balance, por momentos demoledor, ofrece también algún dato positivo como el porcentaje de españoles de 25 a 64 años que ha completado estudios superiores, que se sitúa por encima de la mayoría, pero es un logro demasiado escaso si se compara con el cúmulo de problemas de la enseñanza española. En esta coyuntura, incontestable con cifras y estadísticas imparciales en la mano, la actitud del Gobierno y de la ministra Mercedes Cabrera no es la más idónea para encarar con garantías la situación e intentar cerrar la brecha con nuestros socios. Es preciso asumir la gravedad de la situación sin paños calientes, y no escurrir el bulto con un discurso contemplativo y ausente ni perseverar en unas políticas equivocadas que han alimentado las flaquezas del sistema. La reforma educativa de Zapatero y Cabrera despreció la cultura del esfuerzo y de la responsabilidad, no fortaleció el papel del profesorado ni contempló principios como el de la disciplina y la autoridad. Que la principal apuesta educativa del Gobierno para salir de la crisis sea Educación para la Ciudadanía, una asignatura para el adoctrinamiento contestada por padres, profesores y alumnos, suena a broma pesada que demuestra cuáles son las prioridades en las aulas, que no pasan por una formación académica solvente y de calidad.
Otro suspenso en educación
ABC Miércoles, 10-09-08
UNA de las primeras decisiones que tomó Rodríguez Zapatero fue derogar la Ley de Reforma Educativa que había elaborado el PP. Desde entonces, prácticamente el mayor empeño del Ejecutivo ha sido imponer una asignatura: Educación para la Ciudadanía. Con ese bagaje, los datos comparados sobre el número de estudiantes y sus resultados académicos entre todos los países de la OCDE no deberían extrañar a nadie. Que España esté a la cola en todos los indicadores, por debajo de la media de la UE y de todos los países importantes del mundo, no debería sorprender. Lo raro sería que los estudiantes españoles acumulasen indicadores de éxito, como en algunos deportes, con esta política errática, que considera a la escuela pública un eslabón para cierto tipo de adoctrinamiento, donde ni siquiera está clara la validez de los principios constitucionales sobre el uso de las lenguas oficiales en la enseñanza y con un gasto educativo que sigue por debajo de la media de los países europeos. La realidad es que nuestras universidades atraen a un número insignificante de alumnos extranjeros. El Gobierno no entiende que la educación no es sólo un dato estadístico. Si hoy los resultados de nuestros estudiantes son malos quiere decir que, al menos durante los próximos diez años, los profesionales españoles, la industria, el mercado de trabajo y la economía en general estarán en desventaja. Diez años, en el caso de que se pusiera remedio a partir de ahora. Es el triste balance del tiempo perdido.
NUEVO SUSPENSO PARA LA EDUCACIÓN
EDITORIAL EL MUNDO 10/09/08
Es ya una triste tradición que la política educativa española reciba un suspenso con cada informe anual de la OCDE. España se encuentra muy por debajo de la media europea y de los países de la OCDE en el porcentaje de alumnos titulados en secundaria, pues en 2006 –último año contabilizado por el informe– sólo el 72% de los jóvenes con edad de realizar esos estudios obtuvo el título, frente al 83% de los de la OCDE o el 86% de la UE. Además, la mitad de los españoles entre 25 y 64 años tiene sólo estudios obligatorios; somos el único país –junto con Austria– en el que ha disminuido el número de universitarios entre 2000 y 2005, y una quinta parte de nuestros jóvenes entre 15 y 19 años no está en el sistema educativo.
Año tras año, los análisis de esta organización internacional ponen en evidencia que nuestro país tiene una necesidad urgente de invertir en educación. Por eso resulta más sangrante conocer que el gasto público en este área ha disminuido, pasando de un un 4,6% del PIB en 1995 al 4,2% diez años después. También aquí nos distanciamos de nuestros vecinos europeos, cuyo promedio es de un 5,3%. Tiene además España el dudoso honor de ser el único país en el que los salarios de los profesores de Primaria y Secundaria han caído en términos reales entre 1996 y 2006.
Ante semejantes resultados, cuesta creer que el Gobierno se mostrase ayer «optimista». La nota de color en tan aciago informe, según el Ejecutivo, es que España ofrece, con Irlanda, los mejores datos de acceso equitativo a la educación superior, ya que un 40% de los universitarios procede de familias cuyo padre tiene un trabajo manual. Siendo este dato muy positivo, no puede desligarse del gran cambio histórico –prácticamente irrepetible– que ha vivido España en los últimos 30 años. Ahora que nuestro país es equiparable al resto de las democracias europeas, ya no basta con celebrar el hecho de que alguien pueda ir a la universidad, y el énfasis debe ponerse en lograr que la educación que se ofrece sea de la mayor calidad. A este respecto, llama la atención que la universidad española atraiga poco o nada a los estudiantes extranjeros: sólo un 1,7% de los alumnos procedentes de otros países en 2006 estaban matriculados en centros españoles.
Como ocurre con la economía, el Gobierno está empeñado en infundir un optimismo sin base real a fin de hacer la vista gorda sobre los problemas. Con la educación, lo más destacable que ha hecho es enredarse con media España en una batalla sobre la asignatura de Ciudadanía. Urge un Pacto de Estado que saque a la Educación de la pugna partidista y la sitúe como una prioridad. España necesita buscar , como mínimo , el aprobado.
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