Cerca del 90 por cien de los mongólicos detectados en un diagnóstico prenatal son abortados. Esto quiere decir que estamos ante un exterminio consciente y programado. Son abortos de segundo y tercer trimestre, es una carnicería física y visible. Y nosotros, como si no estuviera pasando nada.
Ramón Pi
La muerte a la edad de 65 años de mi hermano Manuel María, que padecía síndrome de Down, me lleva reflexionar sobre la alegría que proporcionan estas personas, hoy víctimas prioritarias del aborto.
El sábado 7 de este noviembre murió en Barcelona mi hermano Manuel María. Tenía 65 años. Me dieron la noticia estando yo de viaje en Soria, y ciertamente no me pilló de sorpresa. De hecho, su salud llevaba ya un par de años desmoronándose a ojos vistas: ya no hablaba; tenía que alimentarse mediante una sonda instalada permanentemente en su estómago; cada vez con más frecuencia le acometían crisis gástricas o respiratorias que le producían gran agitación, y de las que salía contra todo pronóstico, hasta que probablemente debió de sufrir lo que los médicos llaman un fallo sistémico, que le produjo el paro cardíaco definitivo.
En los últimos meses, los hermanos no estábamos del todo de acuerdo sobre si nos reconocía siquiera. La última vez que estuve con él me quedé sin saberlo a ciencia cierta; en cambio, otros hermanos opinaban que no podía expresarse, pero que no sólo reconocía, sino que mantenía vivo su proverbial sentido del humor, y reaccionaba ante estímulos que le hacían sonreír cuando ocurría, por ejemplo, alguna incidencia con ribetes cómicos entre las enfermeras que lo atendían.
Exterminio consciente y programado
Debido a la hora en que murió no pudimos enterrar sus restos hasta el lunes siguiente por la mañana. Esto me permitió organizarme las cosas con calma para acudir a la capilla ardiente y asistir a las exequias y la sepultura, pero también me otorgó unas horas importantes para reflexionar sobre mi propia reacción, que no se parecía a la que experimenté con la muerte de mis padres. Manuel María era el más querido de todos nosotros -somos seis hermanos- y, sin embargo, la certidumbre de que ahora está en el cielo me consolaba de forma muy especial. Porque Manuel María era lo que cuando nació se llamaba mongólico, y hoy hay que decir que padecía síndrome de Down (no vayan a enfadarse los mongoles, por lo visto, menuda estupidez). Quiero decir que era un inocente en todo el sentido de la palabra. No puede estar sino en el cielo.
Pero la muerte de Manuel María significa, de tejas abajo, que los hermanos nos hemos quedado sin un importantísimo factor de cohesión familiar, acaso el último una vez desaparecidos nuestros padres. Cualquiera que tenga en su familia a un miembro mongólico (huy, perdón, con síndrome de Down) sabe de qué hablo. Esas criaturas, con todas sus rutinas, sus terquedades, sus limitaciones, se hacen querer enormemente, y no es de extrañar, porque rezuman inocencia por todos sus poros. Y atenderlas no es fácil, pero no cuesta; quiero decir que se asume la carga de su atención con gusto.
Mi madre decía que Manuel María no le había dado más que motivos de alegría y satisfacción. Era su madre, cierto, pero cuando enviudó, Manuel María fue el que la ayudó a seguir viviendo. En suma, a la paz interior que me produce el saber que su alma está ya con Dios, no puedo remediar la pena de saber que los hermanos tendremos que inventarnos algo para no disgregarnos ahora que él ya no está con nosotros.
Si he contado esta historia particular es porque asistimos impasibles a un genocidio en toda regla de personas con síndrome de Down, precisamente por padecerlo. Como se sabe, la probabilidad de que nazcan hijos mongólicos aumenta en los embarazos tardíos; como también se sabe, hoy las mujeres se quedan encinta cada vez más tarde.
Y, sin embargo, el número de mongólicos decrece. La razón también se sabe: cerca del 90 por cien de los mongólicos detectados en un diagnóstico prenatal son abortados. Esto quiere decir que estamos ante un exterminio consciente y programado. Son abortos de segundo y tercer trimestre, es una carnicería física y visible. Y nosotros, como si no estuviera pasando nada.
Alguien tenía que decir que si las mujeres que han abortado a sus hijos mongólicos supieran lo que se han perdido, ahora sabrían distinguir la diferencia entre la felicidad de haberlos tenido y la infelicidad de haberlos matado, que las acompañará toda su vida.