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Y LE VOLVERAN A LLAMAR ¡HOSPITAL MATERNAL! PDF Imprimir E-mail
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Escrito por Administrator   
Miércoles, 13 de Abril de 2011 18:08

«Es historia, trágica, pero historia, que en 2009, dos mil jóvenes y adolescentes en edad escolar de Andalucía fueron sometidas a la práctica de un aborto»
CARLOS SECO GORDILLO/ PRESIDENTE DE FECAPA SEVILLA
Día 07/04/2011 - ABC DE SEVILLA

Al día siguiente de celebrar la gran fiesta por la vida, hemos empezado a organizar la del año que viene, que ojalá sea para anunciar que no se han practicado más abortos, que a ningún enfermo se le ha puesto fin a su vida, que todas las madres encuentran la ayuda necesaria para llevar a término sus embarazos, que todos los enfermos son atendidos con un sentido humanista hasta sus últimos instantes de vida, y que a los nacidos «no les falta de na».
Y que es historia, trágica, pero historia, que en 2009, dos mil jóvenes y adolescentes en edad escolar de Andalucía fueron sometidas a la práctica de un aborto. Y que de ellas, más de cien eran menores de catorce años. Que los responsables políticos se preguntaron: ¿dónde está el origen de estos embarazos? ¿Por qué las adolescentes mantienen relaciones sexuales de un modo tan precoz, y sin la madurez necesaria que exige la sexualidad? Ojalá que hayan comprendido que su origen es sencillo. Que estaban siendo incitadas a una sexualidad desordenada y no madura, tanto desde los centros escolares, como consecuencia de la llamada educación afectivo-sexual y los talleres de sexualidad, como por las campañas publicitarias del condón que tan solo benefician a las empresas que fabrican preservativos, como por la emisión de contenidos sexuales en los medios de comunicación.

¿Por qué, qué es lo que conducía a una mujer a abortar? ¿Sería quizás porque no encontraban en su familia o en su entorno social el apoyo necesario para que continuara adelante con su embarazo? ¿O porque no lo encontraba en su trabajo, o en el colegio? ¿Sería porque no tenía medios económicos o no los tenía su familia?

Estábamos dejando que las mujeres, las madres que están frente a nosotros, con quienes nos cruzamos por las calles, la que toma café en una cafetería a nuestro lado, o la chica que apenas hace unos meses que ha dejado de jugar a la comba, las portadoras del futuro de nuestra sociedad, quedaran mutiladas psíquica y físicamente para siempre. Y despreciábamos la paternidad, la asunción de responsabilidades por quien tenía la mitad de la culpa de que una mujer, sobrepasada por el dolor o por la incomprensión de su familia, tomara sola una decisión fatal.

Mientras los padres de la fecundación in vitro enseñaban orgullosos las fotos de las primeras células de sus hijos, y dejaban congelados al resto de la prole que posiblemente nunca verá la luz…, en cambio a estas otras parejas, que iban a abortar, nadie les hablaba de maternidad, de paternidad, de la familia y de los hijos.

Y mientras justificábamos que una persona enferma, o muy mayor, decidiera quitarse la vida, o que no se le aplicaran tratamientos médicos, que firmara su «testamento vital», se nos llenaba la boca de palabras como la sociedad del bienestar, y los anestesiábamos con viajes, siempre que estuvieran sanos. Porque en cuanto dejaban de estarlo... ¡zas! ¡El último viaje!

Si la hija de un familiar nuestro se quedaba embarazada y decidía «quitárselo», tampoco nos «metíamos»..., y nos justificábamos diciendo que tenía a sus padres, que son cosas muy delicadas… Y en los colegios, no se acompañaba a las adolescentes que iban a ser futuras madres, no se les ayudaba a seguir estudiando y a seguir adelante con un embarazo no esperado, porque... ¿quizás porque causa una mala imagen para el centro?

Pero al final, toda esa sangre inocente también nos salpicó a nosotros, por nuestro silencio y por nuestra complicidad. La que se deriva de mirar hacia otro lado, y no querer verlo.

Por eso fue que todos comprendimos que teníamos que hacer algo. Que había que lograr que la familia acogiera con alegría estos embarazos, como hicimos nosotros cuando nos dijeron que íbamos a ser padres... Que la sociedad tenía que acoger a estas madres, que teníamos que ser verdaderos acompañantes, para que fueran valientes y dijeran «Sí a la vida». Y fue que todos tomamos conciencia de que a esos niños, y a sus madres, como en tu casa y en la mía, no les podía «faltá de na».

Comprendimos que teníamos que educar a nuestros hijos para que su sexualidad fuera ordenada, madura, responsable, consecuencia de la decisión de un proyecto de vida en común. Y sobre todo, abierta a la vida. Que teníamos que educar a nuestros hijos en la solidaridad, en la responsabilidad social, en la defensa de la vida, en la atención a los enfermos y a los mayores, en la difícil tarea de acompañarlos en sus últimos días, o en el embarzo y en la atención de las necesidades de esas madres que sin nuestra ayuda, comprensión, cariño y amor, habrían tomado la decisión equivocada.

Ya veréis. El año que viene celebraremos el «Sí a la vida» con cero abortos y cero eutanasias. Si no me creéis, al tiempo... Pero ojo, vosotros tenéis que poner de vuestra parte, aportar vuestro granito de arena... Y al Centro Hospitalario de la Mujer, le volverán a llamar ¡Hospital Maternal!

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